El Poder del dinero, no debe ni puede prevalecer ni estar por sobre la ética, los valores ni el bien común.
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ES LA ECONOMÍA, ESTÚPIDO!

  1. Elecciones presidenciales en los Estados Unidos. El candidato demócrata, Bill Clinton, debe enfrentar un desafío mayúsculo. El presidente en ejercicio, George H. Bush (padre) goza de una popularidad envidiable: las encuestas están marcando hasta un 90% de aprobación de su gobierno. Razones: 1) Prácticamente ha concluido la Guerra Fría que mantuvo en vilo al planeta durante décadas; 2) El Imperio ha hecho gala de todo su poder bélico en la Guerra del Golfo. James Carville es el estratega responsable de una campaña desorientada y sin mayores horizontes.

En la puerta de la oficina principal del comando del desafiante, Carville planta un papel rústico  para que lo vean todos los que accedan a hablar con él, incluyendo a los periodistas de los diversos medios. ¿Qué dice el mensaje?:

  • CAMBIOS VERSUS MÁS DE LO MISMO;
  • LA ECONOMÍA, ESTÚPIDO!
  • NO OLVIDAR EL SISTEMA DE SALUD.

A los muchachos de la prensa, les llama la atención la insolente frase central. Sobre ella, el cerebro del comando clintoniano construirá el nuevo camino. Su reflexión es muy simple: A la gente que vota no le interesan mucho los problemas y la política internacionales sino el manejo de la economía interna del país: precios, trabajo, salarios, crecimiento… Así, en pocas semanas, se trastocará el eje de la discusión y se alcanzará una victoria que parecía hasta entonces imposible.

En Chile, las cosas van por la misma senda.

Aunque en teoría resulta absolutamente lógico reconocer la prioridad de la política, en cuanto ella debiera tener la capacidad de dar una respuesta integral y orgánica a  los desafíos y requerimientos de una sociedad, el sentir ciudadano claramente es otro. La prueba más evidente la encontramos en relación con el tema de la Asamblea Constituyente. Aunque en las elites políticas e intelectuales existe un cierto consenso en cuanto a la necesidad de reformar la Carta Fundamental (en materias como la consagración de un Estado plurinacional, la reforma de la institucionalidad política, el reconocimiento de derechos sociales, etc.), el debate no va mucho  más allá de los círculos académicos y estudiantiles. La magra participación en los Encuentros Ciudadanos así lo prueba. El gran fracaso político de los impulsores de esta iniciativa radica en no haber tenido la capacidad de convencer al ciudadano sobre su importancia y sobre la incidencia que las modificaciones de las palabras de la ley pudiesen tener en sus vivencias personales. Una cosa es escribir “educación gratuita”, “salud gratuita”, “pensiones dignas para todos”, etc. y otra muy distinta es que esos derechos puedan realmente hacerse efectivos.

Es obvio que en el país existe, de hecho, una prioridad de la economía, no porque ello debe ser así sino por la simple razón de que la fuerte concentración del poder económico y financiero  en manos de una docena de familias les permite manejar la política con sus partidos asociados;  los medios de comunicación;  la cultura; y hasta la religión.

Por esas razones, resulta sorprendente el muy débil manejo que han mostrado en el campo económico los postulantes a la presidencia. Cualquier análisis cuerdo debe excluir  las tres candidaturas que representan ideologismos trasnochados y que, en la práctica, constituyen gustitos o aventuras personalistas, o de extrema derecha o de extrema izquierda. A los demás, la ciudadanía tiene el derecho de exigirles responsabilidad.

La ciudadanía se enfrenta, en primer lugar, a una definición básica, entre quien ofrece  una política de crecimiento económico orientada a favorecer a los grandes conglomerados y que, por rebalse,  pudiera terminar beneficiando a los estratos más bajos al crear puestos de trabajo y mejorar eventualmente los salarios inferiores pero que no tiene una visión crítica de las estructuras vigentes, por un lado,  y los cuatro nombres que manifiestan una visión crítica de la realidad que se vive,  por otra parte

En las últimas décadas, tras  la imposición del modelo neoliberal de los “Chicago boys”, puede constarse un  continuum de progreso y equidad: Reducción de las tasas de pobreza y extrema pobreza, aumentos del salario mínimo y del ingreso per cápita, aumento del empleo, creciente incorporación de la mujer al mundo laboral, aumento de la cobertura educacional, seguro de cesantía, pilar solidario, Auge, subsidios y bonos a sectores más vulnerables, etc., todo lo cual ha significado un cambio en las condiciones de vida de la población. Pero este proceso, a todas luces exitoso en las cifras, ha sido incapaz de  corregir las desigualdades estructurales de la sociedad chilena y de enfrentar el problema de la concentración extrema del poder y de la riqueza. Ambos problemas, que tienen en principio un rostro  netamente económico, conllevan consecuencias sociales y culturales de envergadura considerable. Es difícil proyectar una sociedad integrada si los frutos del crecimiento se concentran en centros de poder cuya única concepción tiende al acrecentamiento constante de sus riquezas, para lo cual no titubean en incursionar en  la evasión y la elusión tributaria, en la inversión especulativa en paraísos fiscales, en la “exportación” de capitales, en la disminución de costos mediante la contención de los salarios.

Lo dicho, debiera representar lo central de toda discusión. Lamentablemente, los debates han ido por la vía de la superficialidad y la agresión mutua. El ciudadano sensato, en los próximos días, debiera evaluar quien de los aspirantes al trono tiene claros estos problemas fundamentales y, por supuesto, si sus propuestas son serias y viables y no meros voladores de luces.

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