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Editorial: Ojo por ciento con el gobierno de las encuestas

Equipo La Ventana ciudadana

Periodismo ciudadano.

La modernidad ha traído un fuerte desarrollo de las ciencias sociales lo cual, naturalmente, ha derivado en la elaboración de metodologías que buscan conocer con el máximo de precisión cuáles son los intereses, las actitudes, los valores que predominan en una comunidad determinada. En las democracias, por supuesto, la más alta  expresión de estas indagaciones la constituyen los comicios electorales, momento en  que, a fin de cuentas, un elevado porcentaje de adultos, en secreto, en la intimidad de la cámara de votación, expresa cuál es su verdadera actitud ante la gestión de sus autoridades sin temor a las consecuencias políticas, sociales, laborales,  que pudieran derivar de su decisión.

Los estudios demoscópicos tienen sus riesgos, sin duda.

Uno de ellos puede encontrarse en las deficiencias técnicas en que se incurre al realizar cada sondeo,  ya sea por el universo considerado como por la estratificación eventualmente no  representativa. Una inadecuada distribución de los encuestados por género, por edad, por residencia (urbano/rural), por nivel de estudios, por la tenencia y uso de ciertos bienes (teléfono fijo versus celular), día y hora de la entrevista, entre muchos  factores, puede derivar en errores graves.

En países como el nuestro, otro riesgo indesmentible radica en la constatación de que quienes realizan estos trabajos indagatorios, en general no son neutrales. Empresas, centros de estudio e incluso universidades, tienen sus propias afinidades políticas y esto influye  hasta en la redacción de las preguntas o en la oportunidad de la entrevista. Si a lo dicho se suma el fuerte control que  sectores predominantes  de la sociedad tienen sobre la prensa escrita y los principales medios audiovisuales, es obvio que se pueden relevar ciertos temas y “crear” verdades a gusto del contratante conforme al viejo dicho popular de que “quien paga la fiesta elige la música”.

A sabiendas de la presencia de esos múltiples factores, todos los gobiernos son, sin embargo, especialmente sensibles a los resultados que entregan periódicamente estos estudios de opinión.  En particular, la prensa tradicional, de  claro compromiso con el oficialismo,  ha reconocido que el actual mandatario, que llegó al poder con un inédito porcentaje de apoyo electoral, actúa con frecuencia en función de los vaivenes de los sondeos.

Tal actitud, que   constituye una constante  en la gestión de autoridades nacionales, regionales y locales,  también está presente   en el actuar de los congresales, conllevando  graves consecuencias para el país.

En efecto, la inmensa mayoría de los representantes ciudadanos viven su vida política en función de intrascendentes iniciativas populistas que les permitan lograr un párrafo en el diario o una fugaz aparición en la televisión, no con el fin de ofrecer  soluciones de fondo, reales, efectivas,    sino con el propósito  deliberado de dar “la sensación” de que están efectivamente preocupados de las inquietudes y demandas de sus representados. Un solo ejemplo sirve para graficar lo dicho: ¿Cuántos miles de querellas duermen en los anaqueles de las Fiscalías, interpuestas por Ministros, Intendentes, Gobernadores, Alcaldes, etc., sin que  los querellantes hayan realizado gestión útil alguna para lograr avances efectivos en las indagatorias del caso?  Estas formas aparentes de cumplir con las responsabilidades de su cargo,  derivan  en la perpetuación de los problemas que van pasando de mano en mano, de gobierno en gobierno, mientras que las penurias, sufrimientos y carencias de la población afectada,  se eternizan. ¿Puede entenderse que en un país que ha alcanzado rangos de ingreso de nivel superior a la media, se viva en una crisis eterna  de infraestructura hospitalaria, educacional, urbana, etc.,   y que costosas obras nuevas queden abandonadas o experimenten fallas escandalosas al poco tiempo de ser concluidas? Es un hecho que no se han tenido ni se tienen políticas públicas gestadas con una visión de largo plazo y ello, claro que sí,  afecta tanto nuestro presente como nuestro futuro desarrollo. Como alguien dijo, el político mediocre actúa pensando en la próxima elección; el estadista, lo hace pensando en la próxima generación.

La obsesión por gobernar conforme a la voz de las encuestas, genera, asimismo, otro tipo de problemas no menos graves. Las autoridades afectadas por malas evaluaciones, buscan,  con desesperación y descontrol,  la implementación urgente de políticas que les permitan reposicionarse positivamente en el juicio ciudadano. Todos los estudios coinciden en que el tema de la delincuencia y la seguridad pública que, si bien es grave y preocupante, ha sido claramente alentado por los medios de comunicación social.  También, el tema de la inmigración suscita inquietud en amplios sectores que, como consecuencia de   una desatinada campaña racista,  abierta o subliminal, han sido arrastrados hacia la convicción  de que quienes llegan o son delincuentes o vienen a quitar sus puestos de trabajo a los chilenos.

Ante el dilema, y considerando el fracaso de las promesas antidelincuencia del primer gobierno, se opta por utilizar el “tema inmigrantes” para recuperar la popularidad extraviada. Se procede a  la expulsión de 51 migrantes colombianos que registran antecedentes penales, se obliga a la PDI a participar de un show mediático, el Ministro del Interior anuncia que serán 2.000 los expulsados, el Presidente lo desmiente y se genera una confusa situación. El Servicio Jesuita a los Migrantes denuncia el arbitrario proceder al expulsar a personas con penas cumplidas en su país y ya con    diez años de residencia en Chile, hace pública la desintegración de sus familias y el Subsecretario Ubilla les informa que si no están de acuerdo con las políticas del Ejecutivo, deben callarse.

El comodín “migrantes”, que se pretendió usar para recuperar la popularidad extraviada, se transforma en un  traspié impensado que es silenciado por la gran prensa.

Con todo, la gente sensata del país termina preguntándose si será necesario hacer todo esto, que daña la convivencia interna, que afecta la imagen exterior del país, para satisfacer egos y narcisismos.

¿No sería mejor no prestar oídos a las encuestas y procurar gobernar con más prudencia y racionalidad para alimentar la construcción de un Chile mejor?

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