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LAS ALTURAS, LAS DENSIDADES Y LA GENTE

J. Antonio Zelada Espinosa

Arquitecto Premio Regional de Arquitectura y Diseño Consejo de la Cultura y las Artes 2012

Las posiciones encontradas y públicas en referencia a las alturas topes de las edificaciones de edificios de viviendas en la ciudad, a partir de las inquietudes manifestadas por los habitantes desde hace ya muchos años y que está terminando con la consulta que hace el municipio para modificar el Plan Regulador Comunal, son algo casi nuevo y refrescante en este ambiente ciudadano que es tan pasivo y donde a muchos les parece un despropósito que se discrepe, especialmente si las ideas son de un ente oficial, como los ministerios de Vivienda y Urbanismo, el de Obras Públicas, o como la Municipalidad. Y en este caso la polémica se ha oficializado justamente por la Municipalidad: enhorabuena.

¿Quiénes discrepan?  Por un lado vecinos ciudadanos activos y profesionales académicos y ambientalistas; por el otro lado, connotados capitalistas del mercado inmobiliario, empresas constructoras y profesionales al servicio de los anteriores, también los agentes de compra y venta de bienes inmobiliarios.

Los argumentos en juego han ido desde la impugnación del modelo neoliberal que está detrás de toda la gestión inmobiliaria en Chile a la falta de visión o ceguera del futuro, cuando lo que simplemente está en juego es el Bien Común; pero ¿cuál Bien Común? Cada una de las partes tiene su propia interpretación de este concepto. Por otra parte, los análisis de la demanda real de departamentos casi no han estado en el tapete, como si no importara.

El punto crítico que más roncha parece sacar es la propuesta de baja altura de los edificios en el núcleo central de la ciudad, lo que en verdad no significa baja densidad en referencia a los edificios de 20 pisos, porque un buen diseño urbanístico puede tener mejor densidad con edificios bajos que con torres elevadas en la manzana tradicional chilena.  La densidad se refiere a habitantes por hectárea (o manzana), y cuando se habla de viviendas por hectárea (o manzana) es engañoso ya que hay departamentos para una o dos personas y otros pueden llegar a contener 6 habitantes.

De lo que más se ha hablado es de las alturas, defendidas en 15 a 20 pisos por los empresarios contra 5 a 7 pisos por “los que vuelan bajo” y por la propia propuesta municipal en discusión.  En esta ciudad sureña, húmeda y con una gran subdivisión del suelo, sitios con escaso frente y mucho fondo (frentes de 12 o 15 metros son los habituales, apretados para instalar un edificio), es pura lógica pensar, desde una visión sana desde el bien común, que edificios de baja altura, y ojalá en disposición continua o pareada (por lo demás una tradición urbana antigua en Chile) deberían significar un urbanismo más conveniente: menos humedad, mejor aprovechamiento del escaso sol invernal, ventilación natural controlada. Por otra parte, casi no he escuchado o leído argumentos científicos, antropológicos, en relación con el hombre. Como que la escala humana tiene límites, como que una persona viviendo en comunidad solo puede establecer lazos de conocimiento, comunicación directa y memoria con no más de 150 otras personas, eso desde que el hombre evolucionado existe (entre otras investigaciones, consultar  “De animales a dioses”  de Yuval Noah Harari). Porque el ser humano es una criatura muy compleja, pero frágil y sensible, y de gran tamaño. De ahí que también el espacio público y abierto tiene calidad cuando está bien conformado y a la verdadera “escala humana”, que los arquitectos debemos conocer y dominar para hacer buena arquitectura y buen urbanismo. Hay límites de distancia para hablar, para mirarse a los ojos, y para escucharse unos a otros, así como existen límites humanos para reconocer las caras. Y todo eso se da bien en espacios acotados, bien pensados y bien dimensionados, nos sentimos bien sin que a nadie se le explique nada, porque a todos los nadie nos resulta natural y confortable: la Plaza de San Marcos en Venecia, las calles de Paris, la ciudad entera de Barcelona; en nuestra ciudad, la remodelación Paicaví, la Plaza Independencia, el Foro de la Universidad.

Los argumentos del lado empresarial están permeados por el economicismo: aprovechamiento máximo del suelo escaso (¿…?), densidades muy altas (departamentos por edificio), y ‘ruedas de carreta’ como que el centro será carísimo con edificación controlada. El suelo es ya muy caro por la especulación desmedida, pero medidas de Estado, como el mismo control básico de la altura, deben centrar las cosas. Las situación actual no es solo cosa de pura economía y de mercados libres; la sociedad es más compleja, el ser humano es complejo (¿por qué el estallido social que aun vivimos nadie lo ha podido explicar exactamente, y menos aún se sabe cómo debería esto terminar?).

Por otra parte la demografía y la demanda lógica nos muestran panoramas que no tienen nada que ver con los más de 100 edificios de gran altura que vienen (ya están con permiso municipal): dos edificios de esos de 20 pisos rinden al modo de las inmobiliarias, unos 120 departamentos, y si consideramos 2,5 habitantes como promedio por departamento, con dos de esas torres bastaría para absorber el crecimiento vegetativo anual de la comuna de Concepción, que es harto más extensa que el núcleo central.

Pero finalmente a mi modo de ver las cosas, en el grave estado de enfermos críticos en que están los planes reguladores de todo el país, es ya hora que,  de una vez por todas, se formulen Planes Urbanos, a la manera  de las ciudades modernas del mundo desarrollado, planes de desarrollo físico-social integrales y sostenidos económicamente por el gobierno nacional, regional y el comunal: una  especie de proyecto de ciudad complementado con un plan regulador de apoyo, pero de apoyo complementario y no como la  matriz casi únicamente normativa que son hoy los planes reguladores, que desde el gobierno nos hacen creer que son un proyecto de ciudad.

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